Para adoptar más tecnologías, se necesitan mejores prácticas de uso de la información.

Las ciudades inteligentes son aquellas que han adoptado tecnologías emergentes para mejorar los procesos urbanos en beneficio de sus habitantes. Esto incluye administrar la movilidad y la seguridad pública, hacer más eficiente el uso de recursos como agua y energía, y automatizar servicios públicos a partir de la recolección y análisis de grandes cantidades de datos, que se alojan en la nube, además de agilizar la toma de decisiones gracias a la inteligencia artificial.

El reto de una ciudad inteligente está en saber aprovechar la nube como plataforma de información para detonar la innovación basada en los datos que generan los ciudadanos. Es decir, la nube permite transmitir, almacenar y procesar información de manera segura, sin necesidad de hacer grandes inversiones en infraestructura informática y así aprovechar servicios especializados como inteligencia artificial, analítica de datos, internet de las cosas y blockchain.

Si bien son alentadores los avances que han logrado algunas ciudades —como Río de Janeiro o Chicago—, la explosión de datos en la que estamos inmersos implica nuevos desafíos, sobre todo respecto a la protección y privacidad de los datos de quienes vivimos en una ciudad.

Los verdaderos agentes de la transformación digital son los datos, esos que producimos y compartimos mediante nuestros dispositivos móviles, al usar redes sociales y aplicaciones, según nuestras preferencias, gustos, opiniones y traslados. Entonces, si pensamos en estos datos como el nuevo recurso natural que mueve a la economía y sociedad, el compromiso por protegerlos es lo mínimo que deben ofrecer quienes extraen valor de ellos.

Para que una ciudad inteligente sea sustentable en el largo plazo, debe estar cimentada en la confianza de todos los actores que la hacen posible. Más allá de la eficiencia que generan las tecnologías emergentes, la confianza debe estar en el centro, desde su diseño, hasta su operación y resultados.

Por supuesto que no existe un enfoque único para atender la privacidad y la seguridad de los datos. En IBM, al ser una empresa global, cumplimos con las leyes de privacidad de datos en cada país en donde tenemos presencia. Además, favorecemos esquemas colaborativos y basados en riesgos, para atender las prioridades de seguridad y responder a las amenazas cibernéticas. Esta responsabilidad explica en parte cómo la empresa se podido transformar para seguir innovando, durante más de 100 años —91 años en México.

De cara a las fugas masivas de datos, cada vez más frecuentes, los ciudadanos necesitamos estar al tanto de las acciones que se toman para proteger nuestros datos. Las organizaciones públicas y privadas que obtienen, almacenan, administran, procesan o transmiten información necesitan ser transparentes sobre cómo operan. La responsabilidad es compartida.

Las ciudades son entornos complejos y la tecnología puede ayudar a hacerlas más funcionales e incluyentes. Pero para que una ciudad se vuelva inteligente, se necesita prácticas públicas y privadas que favorezcan el libre flujo de datos que mueve hoy la economía, mientras se garantiza la privacidad, seguridad y flexibilidad necesaria para resolver desafíos que parecían insuperables, así como lograr equilibrios que beneficien a todos los que hacemos la ciudad.

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